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Fernando ÁLVAREZ-URÍA RICO

Sociología y literatura, dos observatorios de la vida social

Lecturas de un sociólogo

Fundada en 1920

Comunidad de Andalucía, 59. Bloque 3, 3º C

28231 Las Rozas - Madrid - ESPAÑA

morata@edmorata.es - www.edmorata.es

Sociología y literatura, dos observatorios de la vida social

Lecturas de un sociólogo

Por

Fernando ÁLVAREZ-URÍA RICO

Prólogo de

Luis MANCHA

© Fernando ÁLVAREZ-URÍA RICO

 

Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos, www.cedro.org) si necesita fotocopiar, escanear o hacer copias digitales de algún fragmento de esta obra.

 

 

Equipo editorial:

Paulo Cosín Fernández

Carmen Sánchez Mascaraque

Ana Peláez Sanz

 

 

© EDICIONES MORATA, S. L. (2020)

Comunidad de Andalucía, 59. Bloque 3, 3º C

28231 Las Rozas - Madrid - ESPAÑA

www.edmorata.es - morata@edmorata.es

 

Derechos reservados

ISBNpapel: 978-84-18381-08-9

ISBNebook: 978-84-18381-09-6

Depósito Legal: M-22.316-2020

 

Compuesto por: Sagrario Gallego Simón

Printed in Spain - Impreso en España

Imprime: ELECE Industrias Gráficas, S. L. Algete (Madrid)

Cuadro de la cubierta: En la playa de los Genoveses. Serigrafía (fragmento). Por Mitsuo Miura (1990). Reproducido con autorización.

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AGRADECIMIENTOS

PRÓLOGO. Más allá del campo literario. Por Luis MANCHA

PRESENTACIÓN. Literatura, sociología y cambio social

Sociología versus literatura

Raíces literarias de un concepto sociológico: el delito de cuello blanco

Observaciones para el cambio social

1. SICILIA COMO METÁFORA POLÍTICA. El nacimiento de una nación

La clase política y la rotación de las élites

Horizontes de grandeza

La nobleza y sus estrategias de reconversión

Una sociedad bloqueada

Roma o la corrupción de la democracia

Reflexiones finales

2. RUSIA EN LAS TINIEBLAS. Los nihilistas rusos y la búsqueda de una nueva moral social

El encuentro de dos revolucionarios

Iván Turguénev y la eclosión del nihilismo

Nihilistas y anti-nihilistas en el espacio literario

Mujeres contra el Zar

Terroristas cosmopolitas

Reflexiones finales

3. ASESINATOS EN LA INTIMIDAD. La literatura de misterio, espejo de la sociedad victoriana

El enigma del recinto cerrado

El escritor, el narrador, el asesino y el lector

Dulce Inglaterra: jardines floridos, almas en pena

De La ciudad de la niebla a Nueva York

El inconsciente social de crímenes imaginarios

Reflexiones finales

4. LOS AVENTUREROS DEL ESPÍRITU. La literatura del yo, refugio en un mundo despiadado

El teatro de Ibsen, Strindberg y Bertha Pappenheim

De Edipo Rey a Hamlet

La cuestión sexual desplaza a la cuestión social

La formación de una cultura psicológica

Reflexiones finales

5. TRABAJADORES NÓMADAS. Estrategias de resistencia contra la explotación laboral en la América profunda

Los tiempos heroicos de la primera industrialización norteamericana

Del trabajo al desempleo, y así sucesivamente

Más allá de los engranajes de la maquinaria industrial

La explotación salarial o la vida

Forajidos de leyenda

La América desesperada y combativa

Reflexiones finales

6. REPUBLICANAS. Mujeres españolas en la guerra, la revolución y la paz

El compromiso de una feminista con la República social

Crímenes bendecidos por los jerarcas de la Iglesia

Y así, meses y meses de reclusión

Milicianas que lucharon por la conquista del pan

La Guerra Civil contada a los niños

Reflexiones finales

7. EL SOCIÓLOGO Y EL POETA. Erving Goffman y Ezra Pound en el manicomio de Saint Elizabeth

Ezra Pound: un outsider en el manicomio

Erving Goffman observador participante

El manicomio, una institución totalitaria

Reflexiones finales

EPÍLOGO. Hacia un diagnóstico de nuestro tiempo

No más caudillos

Propuestas consensuadas para una democracia militante

REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS

Mi más sincero agradecimiento a quienes han hecho posible este libro y han contribuido a mejorarlo:

A Julia Varela que ha seguido de cerca los distintos avatares de los distintos capítulos y los ha enriquecido con su habitual perspicacia.

A Luis Mancha por su inteligente y amistoso Prólogo.

A Mitsuo Miura por acceder a elaborar generosamente una preciosa portada.

A Ángel Gordo, Carlos Alberdi, Juan Tabares, Pilar Parra, Alejandra Val Cubero, Alicia Martínez Crespo y Rubén Eyré que realizaron observaciones, correcciones y comentarios críticos a la primera versión.

A Paulo Cosín y Carmen Sánchez Mascaraque por sus ánimos durante la elaboración del libro, por sus sugerencias, y por el esfuerzo que realizaron para llevar adelante esta cuidada edición.

A Ana Peláez Sanz que asumió con profesionalidad las tareas de composición, tanto de la portada como del texto.

He publicado algunos artículos relacionados con problemas abordados aquí en la revista on line Las nueve musas. Revista de artes, ciencias y humanidades. También acepté la propuesta de colaborar en el Vocabulario de ciencias sociales, actualmente en prensa, con tres conceptos: Humanidad, Nihilismo y Marginación social. Una primera versión del capítulo sobre Los aventureros del espíritu fue publicada en el Anuario de Sexología (diciembre 2008) con el título de La otra escena: Sigmund Freud, el teatro y las mujeres histéricas. En fin, una primera versión del capítulo sobre El sociólogo y el poeta fue publicada en la revista Átopos (nº 19 mayo 2018). Agradezco una vez más a mi primo José Rico Gamoneda director de Las nueve musas, a Enrique Santamaría coordinador del Vocabulario, a Lucía González-Mendiondo, editora del Anuario de sexología, y a Manuel Desviat, director de Átopos, por haber contado conmigo.

Algunas de las cuestiones estudiadas en el libro han sido objeto de discusiones con amigos y colegas en la tertulia Los jueves alternos que, desde hace años, mantenemos periódi-camente en el Ateneo de Madrid.

Por Luis MANCHA

A finales de los 90, comencé a realizar un trabajo de campo en el mundo literario español de aquella época. Asistía a cocktails, a presentaciones de libros, entregas de premios, me hice crítico literario, o más bien colaboré con alguna revista para que me mandaran libros gratis y me invitaran a presentaciones y saraos. Hasta terminé trabajando en un programa de TV sobre libros, lo cual me permitió conocer todavía mejor los hilos que movían ese universo. Y todo ello, con la intención de hacer una tesis doctoral, que finalmente presenté, y que publiqué con el título de Generación Kronen. Un estudio antropológico del mundo literario en España (UAH, 2006). Fernando Álvarez-Uría fue uno de los miembros de mi tribunal de tesis.

Desde entonces le he dado vueltas al fenómeno literario de forma recurrente, a ratos de forma obsesiva, a ratos con desapego y hastío. Pero lo cierto es que siempre regreso a la casilla de salida, a mi punto de partida: el concepto de campo literario de Pierre Bourdieu. No en vano, el interés por este sociólogo, que mi directora de tesis, Marie José Devillard, me inculcó, fue el que me llevó a investigar sobre el mundo literario. En esta ocasión me van a permitir, de nuevo, comenzar por esa casilla de salida. Y no es que coma egos revueltos cada mañana, sino que creo que le permitirá al lector enmarcar y sacar el jugo que merece a la propuesta de Fernando Álvarez-Uría, un planteamiento que va más allá de las restricciones de la noción de campo y que explora nuevas vías sobre el hecho literario. Sin embargo, no impugna la perspectiva de Pierre Bourdieu, más bien establece interesantes vasos comunicantes.

Frente al deslumbrante espejismo del creador increado

Uno de los puntos iniciales de cualquier perspectiva sociológica sobre el fenómeno literario, desde György Luckács hasta Bernard Lahire, pasando por Pierre Bourdieu o Fernando Álvarez-Uría es la de impugnar la idea de lo que el autor de Las reglas del arte denominó el creador increado. No me voy a detener excesivamente en este punto, porque Fernando Álvarez-Uría lo explica magníficamente tanto en la presentación de este ensayo, como en Materiales de Sociología del arte (VARELA y ÁLVAREZ-URÍA, 2008). Pero si me gustaría resaltar el hecho de que no solo Álvarez-Uría, sino también Bourdieu en Las Reglas del Arte (BOURDIEU, 1995), comienzan por la misma casilla. Pierre Bourdieu abre Las reglas del arte lanzando la sempiterna pregunta que siempre revolotea en el aire cuando se trata de la pareja Sociología y Literatura: “¿Dejaremos que las ciencias sociales reduzcan la experiencia literaria, la más elevada que el hombre pueda conocer junto con el amor, a meros sondeos referidos a nuestros ocios, cuando se trata del sentido de nuestra vida?” (BOURDIEU, 1995, pág. 9).

Esta resistencia a poner la obra literaria bajo el foco sociológico, no es sino resultado de un proceso de mistificación, que advierte Fernando Álvarez-Uría, exige una suerte de conversión en razón de la cual el aspirante renuncia al amor, la política, las pompas y vanidades del mundo, para entregarse de lleno a la literatura. La literatura, como la santidad, requiere un proceso de conversión al que tan sólo unos pocos artistas pueden acceder. Como recompensa serán sacralizados por la historia y poblarán los manuales de literatura con sus figuras y correspondientes hagiografías.

El escritor, señala Fernando Álvarez-Uría en este libro, dista de ser un monje, un asceta, un cenobita que se ha retirado al desierto para entregarse de lleno a la literatura concebida como una nueva religión. Vive, como el resto de los mortales, en el interior de unas condiciones sociales que él no ha elegido, que le han sido dadas, en cuyo interior trata de desarrollar su propia libertad como escritor. Al afirmar que únicamente es posible existir en el interior de mundos sociales no se trata de negar la capacidad creativa de artistas y escritores, ni de poner en cuestión su estilo propio, o la singularidad de su arte, sino más bien de partir de un hecho social innegable: que la literatura, al igual que la sociología, se desarrollan en el interior de redes sociales que se entrelazan en el seno del imaginario social, en el interior de un fondo social de conocimientos y experiencias codificados que constituyen un patrimonio colectivo. No creo que Bourdieu tuviera ningún problema en firmar esta reflexión. No en vano fue quien reconoció (incluso me atrevería a decir nombró) a Gustav Flaubert como el profeta de esta nueva religión, el impulsor de esta buena nueva, con sus enseñanzas del arte por el arte, que el sociólogo francés sitúa como el acto inaugural de la génesis y estructura del campo literario (como reza el subtítulo de su ensayo). Y lo cierto, como señala Álvarez-Uría en el libro que tienen entre las manos es que “el postulado básico de toda sociología de la literatura es que las obras literarias tienen una naturaleza social, es decir, la sociología impugna la existencia misma de una literatura que goce de un estatuto de extraterritorialidad, cuestiona la posibilidad misma del arte por el arte”.

La máxima del creador increado, el mito burgués del artista considerado un genio innato, es solo un espejismo cifrado en un tiempo y en un momento histórico concreto, perpetuado por algunos de sus apóstoles, seguido por sus acólitos, y también puesto en entredicho por los que dirían ellos que son los mercaderes del templo. Sin embargo, los escritores, como los profetas, no son marcianos, como surgieren los Monty Python en la escena del platillo volante en la parodia de Jesucristo La vida de Brian, venidos de otros mundos y provistos de lenguajes desconocidos. “La literatura, las producciones literarias, como ocurre también con las producciones sociológicas, con todos los textos escritos, están, lo quieran o no sus autores, atravesados por lo social, por el marco socio-político, por la historia, de modo que cualquiera que sea el mundo social en el que habitan los escritores o los sociólogos adquieren en los espacios y tiempos sociales una determinada posición que proporciona a sus escritos una determinada singularidad y sentido” (ÁLVAREZ-URÍA, 2020, pág. 18).

En este proceso de desacralización, Fernando Álvarez-Uría da un paso sugerente: humaniza a los escritores, les confiere un estatus más allá de meros entretenedores, de bufones modernos, y les supone una sabiduría gracias a que son humanos, demasiado humanos, utilizando la bella fórmula de Nietzsche. Su talento, su posición de observadores, su trabajo de documentación sobre los diferentes mundos sociales, les hace atesorar un conocimiento de lo social nada desdeñable, a la altura de los sociólogos, que, como señala Fernando Álvarez-Uría, no tienen el monopolio sobre el conocimiento de lo social. Y aunque esto pudiera causar rechazo, si atendemos a este discurso que sacraliza la literatura y sus hacedores, que tiende a plantear que su reino no es de este mundo, ya que se construye en oposición a lo que se entiende en el marco de este código por sociología, a mi entender supone una perspectiva diferente y refrescante sobre la labor del escritor y el estatuto del hecho literario.

Reflejos en tinta

Ahora bien, ¿cómo esos mundos sociales se reflejan a través de la pluma del novelista en la obra literaria? Para contestar a esta pregunta creo que hay que tratar de entender al escritor como un actor más que despliega sus prácticas en diferentes espacios sociales. Uno de estos, evidentemente, su espacio más cercano, es el universo literario. Me van a permitir que me detenga un momento a examinar las relaciones entre el espacio literario y la creación a través del escritor como actor social. Esto nos va a permitir situar más tarde la propuesta de Álvarez-Uría y los vasos comunicantes con la perspectiva de Bourdieu.

Pierre Bourdieu plantea que hay una problemática determinada que domina el espacio social literario y estructura sus luchas. Para observar cómo funciona este modelo de análisis voy a acudir a mi trabajo de campo, que no solo es lo que mejor conozco, sino en donde puedo afirmar si esta perspectiva funciona. En el caso de los años 90, para ser más concretos desde 1994 hasta, podríamos decir, 2002 (aunque si bien la fecha de inicio tiene sentido, porque hubo un acontecimiento clave, la fecha final es simplemente aproximada, pues dicha lucha no terminó de forma abrupta, sino que se fue diluyendo) la problemática estuvo dominada (en el subcampo de los recién llegados, que analicé en profundidad) por una oposición, por decirlo en términos del crítico Sabas Martín (Páginas Amarillas, 1997), entre dos categorías de escritores: los literarios y los del cuero. Para no hacer el cuento muy largo, la lucha se estableció a partir de un hito: José Ángel Mañas queda finalista del premio Nadal con Historias del Kronen. La novela se convierte en un éxito de ventas y en un hito generacional. Este hecho inauguró una categoría dentro del sistema de percepción y clasificación que imperaba en este universo: el escritor joven. Dicha categoría estaba asociada a una serie de características: toca temas juveniles, gusto por el rock and roll en sus novelas, bebe de cierta literatura norteamericana, lenguaje directo, etc. Sin embargo, esta posición pronto se estigmatizó, derivando en lo que se denominó, no sin cierta maledicencia, el escritor del cuero (no es difícil averiguar por qué). Frente a esta categoría surgió otra, el escritor literario, que se definió por oposición, es decir, como en la famosa anécdota, vete tú a saber si cierta, del aficionado que en mitad de una corrida de toros en la plaza de las Ventas, en medio de un silencio imposible, se levantó de su asiento y le gritó a Curro Vázquez: “Excelente, Curro, así se torea, así... pero al revés”. El escritor literario era aquel que, huyendo de la quema, hacía lo que el escritor del cuero pero al revés: no utilizaba referencias norteamericanas proscritas (Carver, Bukowski y compañía), no gustaba de temas juveniles, se desgañitaba reivindicando a la literatura clásica española, etc.

Estos sistemas de percepción eran producto de las luchas que se estaban librando en el campo literario español. Y la lucha principal se debía, y visto con cierta perspectiva, probablemente a la última de las batallas que libraron los ya maltrechos defensores de esa vieja máxima del arte por el arte, de la que ya hemos hablado, que estructura, como plantea Bourdieu, el campo literario en base a dos polos irreconciliables: el polo comercial y el polo literario. Tampoco es difícil averiguar qué categorías correspondían a cada polo.

Así las cosas, los novelistas tenían que posicionarse o, en cualquier caso, les posicionaban, como reza el famoso dicho de la comunicación: o decides lo que comunicas o alguien la hará por ti. Muchos eran conscientes del juego, de las implicaciones de sus decisiones (incluyendo las estéticas). ¡Y vaya sí lo eran! En otros casos, simplemente su ingenuidad los dejaba abandonados a la deriva bandeándose al capricho de los vientos de las batallas. En cualquier caso, conscientes o no, las tomas de posición para situarse dentro de este universo eran tanto estéticas como paraestéticas, por ejemplo, elegir una editorial determinada, escribir en los periódicos asiduamente o, aunque les parezca marciano, llevar botas de cuero. Pero, ¿qué pasaba con las tomas de posición en el terreno creativo? A este punto quería llegar. Las tomas de posición estéticas, es decir, la materia de la que está compuesta una obra literaria, debe parte de su composición a la vinculación del novelista con el campo literario. Es decir, esas coerciones de las que hablábamos como miembro de un contexto social, las encontramos en su entorno más inmediato. Para que se entienda mejor esta idea voy a poner dos ejemplos en cierta medida opuestos.

Si bien la mayoría de los escritores, de los que entendieron el sentido del juego, aceptaron la imposición social y decidieron huir de esa categoría de escritor joven cual la peste, José Ángel Mañas, reaccionó enfrentándose directamente. En la revista Ajoblanco escribió un largo artículo titulado Literatura y punk1, donde proponía frente a la denigración de esa literatura denominada del cuero una particular defensa bajo la noción de literatura punk. Lo que en ese momento no entendía Mañas es que no era su propuesta estética lo que molestaba, lo que estaba en juego, sino que dicha propuesta estética era traducida a partir de las luchas propias del campo en ese momento, donde lo literario, o más bien aquellos que apoyaban lo literario, fundamentalmente la crítica, lo que estaban defendiendo era una posición social, aquella que les legitimaba como exégetas de las obras y les permitía ostentar el monopolio de la sacralización de los autores. Por lo tanto, arremetían contra todo aquello que, considerado comercial, ponía en peligro dicha posición. Así, la lectura de ese artículo, o bien se consideró ruido, en el esquema de Jakobson, es decir, al margen de la problemática que se imponía en el campo, o como una mera pataleta de un escritor cuya literatura no consideraban digna de la etiqueta de literaria.

El otro ejemplo del que quiero hablar nos sitúa, en cierto sentido, en el polo opuesto. Estaba ya al final de mi trabajo de campo. Había realizado entrevistas en profundidad con innumerables escritores, críticos, editores, además de mis incursiones en presentaciones, entrega de premios, etc. Tras cierto número de entrevistas, llega un momento en el que los sociólogos hablamos de saturación de sentido, es decir, una entrevista más no aporta un gran conocimiento para entender la lógica de los discursos. Pues bien, yo había llegado ya a ese punto de saturación en muchos aspectos. Uno de ellos era en el modo de funcionamiento discursivo de la pareja de opuestos comercial-literario y sus correspondientes referentes. Sobre todo, estaban claras aquellas figuras absolutamente demonizadas por estar asociadas al ámbito simbólico de lo comercial. Una de estas figuras era la de Antonio Gala, asociada a la literatura comercial y femenina (apelativo que en aquella época era peyorativo). En ese momento concerté una cita para entrevistarme con una escritora, y en un momento de la conversación, hablando de sus referentes, de sus lecturas, me lanza a bocajarro que Antonio Gala le gusta, pero que de vez en cuando le parece denso (si no era este el adjetivo se le aproxima mucho). En ese momento, sentí una profunda tristeza por esta chica que era una auténtica outsider. Incluso creo que le dije, tengo la impresión de que tampoco me entendió: “Esto no lo digas nunca en público”. En ese momento, defender a Antonio Gala era una empresa quijotesca, pero ya decir que al que consideraban el rey de la facilidad, lo considerabas denso, era simplemente cavar tu propia tumba. Aunque suene exagerado, hay carreras tiradas al retrete por menos. En el documental Generación kronen (Luis MANCHA, 2015), en el que reflexiono veinte años después sobre la generación de escritores y esa época, Javier Azpeitia relata como a Pedro Maestre, ganador del premio Nadal con Matando dinosaurios con tirachinas en 1996, lo crucificaron tras afirmar que había escrito la novela en diez días.

Las lógicas de funcionamiento del campo literario tienden a influir en los autores y, por tanto, en su práctica social principal, la creación literaria. En tanto que si nos abandonamos al paradigma del creador increado y su consiguiente descontextualización cualquier aportación creativa será fruto de su genio y dichas lógicas coercitivas pasarán desapercibidas para el lector y especialistas del futuro.

Otra cosa es plantear hasta qué punto dicha institución no está en un proceso de liquidación, siguiendo a Zygmunt Bauman, si se me permite el doble sentido2. De modo que en la medida que esta institución se diluye, las coerciones que soportan los escritores también; o porque la implicación, regresando a la escritora outsider, dentro de dicha institución sea muy baja. Esto nos puede llevar a repensar el concepto de campo literario y buscar alternativas como la que Bernard Lahire nos propone. No en vano la crítica de Lahire a Bourdieu se fundamenta en la baja implicación de los escritores en este universo, en su amateurismo, en su doble vida, lo que le lleva a considerar más adecuado el concepto de juego literario3.

Otros sustratos, otras miradas

Ahora bien, incluso en los casos más férreos, ¿las coerciones de la institución literaria imponen una problemática que eclipse cualquier otra influencia de un autor como miembro de una sociedad, como actor de otros espacios sociales? Pues evidentemente no.

Aquí es donde la perspectiva de Fernando Álvarez-Uría toma sentido, incluso va más allá que el autor de Las reglas del arte en las posibles vinculaciones del autor, la obra y su tiempo. Si bien Bourdieu se focaliza en el espacio literario, y, de forma secundaria, en las relaciones de este con otros campos (periodístico, político, etc.), Fernando Álvarez-Uría no concibe a los autores como seres unidimensionales. De hecho, como dice gráficamente Freud, apelando a la multiplicidad de la identidad: el yo es un tipo que nunca está en casa. El propio Bourdieu, en un artículo sobre La ilusión biográfica, plantea que la identidad, representada por nuestro nombre, no es más que un recurso retórico que da unidad a la narración de nuestra vida, y que realmente una vida se parece más a lo que Faulkner escribía en el Ruido y la Furia: una historia contada por un idiota. Nuestras vidas transitan por diversos mundos sociales y en ellos adoptamos diversas identidades e implicaciones, y, evidentemente, los escritores, por mucho que el discurso del ascetismo literario no parece acompañar, no son muy diferentes al resto de los mortales. De modo que no solo transitan, despliegan sus prácticas, se involucran en el universo literario, también participan y son participados de otros mundos que están en la tierra.

En este sentido, Fernando Álvarez-Uría, pese a no plantearlo explícitamente, porque el movimiento se demuestra andando, camina y observa cómo caminan los escritores por esos otros mundos sociales. Esta mirada le permite conectar al escritor con la historia social y política de su época, con el tiempo y el espacio social que atraviesan lo literario. Resumiendo, con una palabra que gusta a los sociólogos y con la única que se quedan los neófitos: contextualiza. Pero no solo cierra el círculo, el literario, en torno al escritor, como plantea Bourdieu, que Álvarez-Uría no descarta, como veremos con los nihilistas, sino que lo abre, explorando las conexiones con otros ámbitos, con otras voces. De hecho, una de las innovaciones metodológicas que introduce es la referencia a la formación de una especie de archivo literario, en el que quedan registrados los problemas que abordan los escritores en sus obras, así como sus estilos de escribir en cada momento histórico.

El sociólogo, como nos propone Fernando Álvarez-Uría, lo hace a través de la problematización, generalmente a partir de una demanda social, que se reelabora en términos sociológicos para encontrarle el sentido. A partir de ahí elige un corpus de obras que nos permitan responder a nuestras preguntas. Por ejemplo, en el capítulo primero, donde a través del análisis de Sicilia se plantea cómo se construye una nación, se eligen una serie de novelas sicilianas como Los virreyes de Federico de Roberto, Viejos y jóvenes de Luigi Pirandello, y, especialmente, El Gatopardo de Lampedusa. Sin embargo, al igual que las aproximaciones conceptuales de otras investigaciones sociológicas, aparentemente ajenas a nuestro objeto de estudio, nos pueden ayudar en nuestra labor como investigadores, Álvarez-Uría elige otras no relacionadas directamente con Sicilia, como Roma de Émile Zola, La Regenta de Leopoldo Alas “Clarín” o Los pazos de Ulloa de Emilia Pardo Bazán. De modo que el corpus, el archivo literario, nos ayuda a entender las raíces de los procesos conflictivos de construcción de las unidades nacionales tanto en España como en Latinoamérica a partir de la metáfora política de Sicilia. Para ello, es indiscutible la experiencia vital y el ojo sociológico del príncipe Giuseppe de Lampedusa a la hora de retratar la demolición de los valores e ideales de la vieja aristocracia siciliana y cómo de esas cenizas surgió una casta que se enquistó en el centro mismo de los sistemas democráticos.

Ahora bien, dicha problematización puede coincidir con la problemática del propio campo literario, utilizando los términos de Bourdieu. Este es el caso que analiza Fernando Álvarez-Uría en el capítulo segundo, sobre los movimientos nihilistas y sus vínculos con una moral laica. La censura que existía en la Rusia zarista en el ámbito político, provocó que estas discusiones se trasladaran al mundo literario, que imponía, bajo su efecto refractario, que diría Bourdieu, las reglas de este universo a dichas luchas. Así, los Dostoievski, Tolstoi, Turgueniev, etc., y toda esa gran literatura del XIX que ha llegado hasta nosotros, no se puede entender sino en torno a esas disputas. Las posiciones estéticas remitían a posiciones políticas, de modo que la elección del estudiante nihilista Raskólnikov en Crimen y Castigo, la disección de su culpa y su final no se pueden leer solo como decisiones estéticas, sino que Dostoievski está expresando una posición política que se radicaliza a partir de la identificación del nihilismo con el terror y los atentados, como explica Fernando Álvarez-Uría en el mencionado capítulo.

Lo contrario, la obra fuera de contexto, puede darnos otras claves, se puede reinterpretar a la luz de otros tiempos u otras problemáticas, pero irá perdiendo el valor sociológico para convertirse en otra cosa, no por ello despreciable, depende de en manos de quién esté. Me viene a la cabeza, al hilo de Dostoievski, la película de Woody Allen, Match Point. Si bien el director neoyorquino no lo plantea como versión o adaptación, aunque el protagonista aparece en un plano leyendo la novela, lo cierto es que la historia es la misma en otro tiempo y otro lugar. Sin embargo, la conclusión es radicalmente opuesta: mientras que Raskólnikov recibe su castigo en Siberia, Chris Wilton, protagonista de la película (perdón por el doble spoiler) se sale con la suya e incluso, a modo de frase lapidaria, ante la aparición del fantasma de la asesinada Nola (interpretada por Scarlett Johansson en el papel de su vida) le espeta: si el mundo tuviera algún sentido, yo recibiría mi castigo... No creo que el antinihilista de Dostoievski firmara esa sentencia. (Con todo, una de mis películas favoritas de Woody Allen.)

Por tanto, para entender estos discursos literarios es necesario un análisis del contenido de los mismos con relación al momento donde se despliegan: quién habla, qué dice, cómo lo dice, por qué lo dice, a quién se dirige, con quién polemiza, cuáles son las funciones sociales y políticas de esos discursos, para qué sirven y a quiénes. A medio camino entre Jakobson y Bourdieu, Fernando Álvarez-Uría nos plantea este modelo de análisis que nos permite conocer en mayor profundidad la génesis de algunos problemas de ciertos momentos históricos y, no solo, insisto, los vinculados con los círculos literarios y sus luchas.

Ahora bien, estas problemáticas, ¿pertenecen exclusivamente al pasado? Para Fernando Álvarez-Uría, devoto de lo que Michel Foucault denominó el método genealógico de análisis, este dispositivo no es un haz de luz que ilumina una pared en blanco o una naturaleza muerta, sino que nos permite arrojar luz sobre nuestro presente. Por ejemplo, en el capítulo V, las estrategias de ciertos grupos sociales, como los hoboes, frente a la precarización laboral en los Estados Unidos de principios del siglo XX, proyectan luz sobre el funcionamiento de estos mecanismos en el presente, y nos puede servir como enseñanza para guiarnos en nuestro distópico presente.

Por último, el análisis que nos propone Fernando Álvarez-Uría, no es un brindis al sol, un trabajo retórico de exégesis sociológica, sino, al igual que en toda su obra, un primer paso, ya que como señalaba Durkheim en el segundo prefacio a su libro De la división del trabajo social, el hecho de que los sociólogos traten de estudiar la realidad no se sigue que renuncien a mejorarla. Por supuesto, sin ceder un ápice a la distancia metodológica y epistemológica debida que permita clarificar y entender dichos problemas. Por lo tanto, tras este texto, al igual que en toda su obra, late una preocupación e implicación ética. La elección de esas problemáticas de las que hablamos, están marcadas, en sus trabajos, por la idea de democratizar las instituciones. Desde la institución del manicomio en Miserables y locos (Álvarez-Uría, 1983) hasta la apuesta por una modernidad truncada, un estado laico, que nos libere a los países latinos de la presencia constante de la iglesia en El reconocimiento de la humanidad (Álvarez-Uría, 2014). En definitiva, en torno a una propuesta que si bien parte del pasado no deja de mirar al futuro, preguntándose: ¿cómo avanzar hacia un mundo basado en un nuevo pacto social global, articulado en torno al respeto a los derechos humanos?

La adolescencia recuperada

Además de todo esto, este ensayo es un acto de amor a la literatura, y está escrito a la altura de las novelas que conforman ese corpus sociológico invaluable. Si Fernando Savater nos invita a recuperar nuestra infancia a través de esas novelas de aventuras que incendiaron nuestra imaginación, Fernando Álvarez-Uría, nos invita, quizá sin querer, a revisitar nuestra adolescencia. En esa época donde uno, al menos yo, me reconocía en el fracaso de El Lobo estepario, buceaba en mis propios dilemas morales con Crimen y Castigo, o me indignaba con la injusticia social que mostraba Ibsen en sus piezas teatrales. He revisitado algunas novelas de las que habla este ensayo, y confieso que he corrido, espoleado por la curiosidad, en busca de otras muchas que no he leído. Estas, como dice el subtítulo, lecturas de un sociólogo, pueden servir a modo de guía para darnos un paseo por la historia de la literatura con otros ojos.

Disfruten de este delicioso ensayo lleno de literatura, inteligencia, sabiduría e imaginación sociológica.

Luis MANCHA.

Profesor de Sociología de la Universidad de Alcalá.


1 “Literatura y Punk”, Ajoblanco, junio de 1998, págs. 38-44.

2 “¿Qué es un autor en el siglo XXI? La disolución de los espacios tradicionales de legitimación”, Luis MANCHA SAN ESTEBAN, Cuadernos de Historia Contemporánea, Ediciones Complutense, volumen 41, 2019.

3 “La construcción social de escritor: Bernard Lahire frente Pierre Bourdieu”, Luis MANCHA SAN ESTEBAN, Youkali Revista crítica de las artes y el pensamiento, Volumen 7, Junio 2009.